jueves, 18 de marzo de 2010

Adiós.

De los árboles desciende, llorando en su llanto errante,

la lluvia que no se atreve y que sueña con escaparse

de las luces, parpadeantes, de la calle desolada

mientras canta, enamorada, la luna en su cielo aparte.

Frío y gris es el torrente que cae, lento, desde el suelo,

queriendo besar el cielo de la luna y formar parte

del canto triste y amante de su amada, siempre en duelo.

Más él no encuentra consuelo, ni motivo, ni razón

para abrir su corazón y vivir bajo su anhelo.

Del viento será el abrigo que cubre su desnudez,

teñido por el olvido sin perder su brillazón.

De hojas es el colchón de su lecho, y a la vez.

En las hojas del otoño yace su eterna pasión.

Pero ya no hay más razón, ni motivo. No hay consuelo.

Porque hoy su amante en duelo le ha arrancado el corazón.

Con el filo de un adiós le ha cortado hasta los sueños,

y el olvido es el remedio que ha de vengar todo amor.

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