El día había escapado de mí, la más mínima
señal de él se desvanecía antes de poder gritar
y el mundo giraba, horrorizado, en mi vaso de cerveza.
Decidí inventariar cada giro.
De la ventana, como un crucifijo seco,
colgaba una rama ya inmortal de tan muerta.
Tan muerta que no notaba ni siquiera el castigo de la incesante lluvia.
En aquél efímero momento, me encontraba tan profundo , tan dentro de mí,
que la lista se ahogó, aunque sólo parcialmente.
Siempre pude rescatar algún que otro maltrecho girón para mí.
Sólo para mí.
Y en este efímero momento, para usted. Solo.
Y de mis extremos surgían sutiles gotitas de vida,
tal como el veneno, de los calmos colmillos de una vívora.
Eléctrica. Clavada al suelo y a las gotas pequeñas.
Casi desnuda, la copa yacía sobre el cielo,
aquél que seguía cayéndome a pedazos sobre la acera.
Bajando de aquella, las nubes, se refugiaban,
como asustadas por los grotescos gritos de los infortunados.
¿Cuándo comenzó a terminar todo?
¿Y cuándo comenzó todo esto?
Tan rápido fue que no me alcanzó la noche para enterarme.
Aunque no lo creo indispensable.
Muchos no lo saben mucho y sin embargo respiran, hasta demasiado.
Pocos lo supieron al menos un poco.
Nadie lo dijo ni siquiera a nadie.
Muchos los infortunados aquellos.
Pocos los callados.
Tan pocos como los cielos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario