Nadie importaba mucho ese día.
Nadie estuvo a salvo del temor, ni del pánico.
El temor, ya había anidado en mí hacía tiempo,
pero me encontró insoportablemente incómodo
y me abandonó inmediatamente.
El pánico, en cambio, se instaló de inmediato
en ese rincón que cualquiera conserva
sólo para sembrar olvidos.
El pánico no era temor en mí.
Ya había estado antes
y aquí estaba otra vez.
Inútilmente oculto tras un velo de cristal.
Claro está que lo despreciarían al verlo
y compararlo con otras sensaciones.
Como el temor, la alegría, la euforia,
o cualquier vaga emoción.
Como la de poder observar de cerca
dos piernas inamovibles y unidas
por los extremos internos.
Dos columnas vivientes; abominables y juntas.
Partidarias de su propio y exclusivo sistema de juicio.
Solo ellas importaban y se daban importancia recíprocamente
sin saber siquiera que, juntas importaban más que dos.
El pánico, harto de escondites oscuros
bajó como una gota de aquél rincón
y se clavó entre los extremos que unificaban
internamente dicha conpilación de importancias.
Los extremos no lo soportaron.
El pánico entró en ellos a hachazos
y ellos entraron irremediablemente en pánico.
Corrieron en direcciones opuestas,
se pisotearon ente sí, gritaron palabras inexistentes
y jamás volvieron a ser internos ni extremos,
Y aquél día en que nada importaba
se derramó una lágrima,
sólo una lágrima por los enemistados
extremos y por su recíproca importancia.
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