miércoles, 17 de marzo de 2010

Al galope.

Un feroz jinete cabalga sobre mi pecho y

su corcel de oscuras distancias pisotea en lo más hueco de mi ser.

Empiezo a sentir las herraduras como si estuviersen al rojo vivo.

Me recliné hacia atrás y, como para soportarlo mejor, comencé a denominar

subjetivamente cada uno de los ardientes trancos.

A los primeros resulté indemne, ya que las herraduras no estaban aún tan rojas

y se camuflaban entre el calor de aquella provocadora noche.

A los segundos. Habría tomado sólo segundos pero, de todos modos, no me atreví.

Para los terceros ya estaba preparado. No me asustaban en lo más mínimo pero,

de alguna extraña manera serían capaces de hacerme cruzar el umbral del pánico.

A los cuartos, tanto crecientes como menguantes, contesté siempre.

Por más que nunca hubiesen formulado pergunta alguna.

A los quintos, dudé: ¿Había un orden específico de pregunta; respuesta; pregunta; respuesta?

¿O acaso era posible alterarlo por: respuesta, respuesta, respuesta, respuesta?

En ese caso ¿Sería lo adecuado?

Arribando a los sextos sigo, únicamente, debido a que estoy ya muy cansado como para detenerme.

Ahora, que bastardos insectos traqueales se marean impunemente en mi garganta en el mismo instante

en que incontables bigotes de roedor atraviesan ávidamente mi ropa obligándome a despojarme de ella.

Me arrastran sólo sus cuerpos hacia su tenebrosa guarida que, a propósito, me parece muy familiar

y allí soy invitado a pernoctar hasta que las herraduras se quiebren de viejas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario