Y así fué que...
Alguna descorazonada me descarozó
aunque sospecho, aún, que no para su pecho
sino para su pared, como un trofeo y así.
Ha de seguir descorazonando
y descorazonando como descarozando
duraznos, tal vez ciruelos ciertas veces.
Y aquí sigo y voy
pensándome entre corazones,
corazones de gente con carozo,
que les sobra y nunca a mí me falta.
Distintos son a mí. Distintos.
Los iguales han sido
y serán duraznos, tal vez ciruelos.
De esos que, si no por enfermos, se caen verdes.
No, yo no. Son distintos. Me
rehúso a compartir la rama con "esa"
esa casta de esperanzados desesperados.
Razón suficiente para titular el crecer hasta el suelo; no caer.
Sentarme y aquí
esperar, sin desesperar ni cultivar ninguna esperanza.
Esperar, solo esperar, sin eses ni peras ni erres,
al descorazonador, aquél ¿Qué? Que descorazonase a aquella descorazonada,
como yo, desesperanzada.
Sólo para su pared, como un trofeo de esos que
sólo sirven una vez colgados, de esos que fueron de "esa".
Todos distintos.
Yo igual, a mí.
Siempre a mí.
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