miércoles, 17 de marzo de 2010

Discriminación cardíaca.

Y así fué que...

Alguna descorazonada me descarozó

aunque sospecho, aún, que no para su pecho

sino para su pared, como un trofeo y así.

Ha de seguir descorazonando

y descorazonando como descarozando

duraznos, tal vez ciruelos ciertas veces.

Y aquí sigo y voy

pensándome entre corazones,

corazones de gente con carozo,

que les sobra y nunca a mí me falta.

Distintos son a mí. Distintos.

Los iguales han sido

y serán duraznos, tal vez ciruelos.

De esos que, si no por enfermos, se caen verdes.

No, yo no. Son distintos. Me

rehúso a compartir la rama con "esa"

esa casta de esperanzados desesperados.

Razón suficiente para titular el crecer hasta el suelo; no caer.

Sentarme y aquí

esperar, sin desesperar ni cultivar ninguna esperanza.

Esperar, solo esperar, sin eses ni peras ni erres,

al descorazonador, aquél ¿Qué? Que descorazonase a aquella descorazonada,

como yo, desesperanzada.

Sólo para su pared, como un trofeo de esos que

sólo sirven una vez colgados, de esos que fueron de "esa".

Todos distintos.

Yo igual, a mí.

Siempre a mí.

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