Noche de sábado, un lunes.
Noche de primavera, en verano.
Lo que me hace detestar este tipo de noches
es que su solidaria gratitud me regala alas.
Alas de plata, doradas,
que me remontan tan alto como el hilo permita.
Las detesto por disfrazarse de sábado templado
mientras, en el fondo, son lunes estivales.
Las detesto porque vuelven todo más facil que sangrar
y más fácil aún que morir.
Claro, con alas vuela cualquiera.
Pero... ¿Sin alas?
Un pájaro sin alas, muere.
Un avión sin alas, cae.
Un perro sin alas, no es más que un perro.
Pero, eso sí.
Un yo sin alas, sin esas pesadas y ostentosas alas,
despego con una facilidad casi sanguínea.
Y enfilo hacia el brillo.
Y me estrello una y dos y mil veces
contra el magneto de alguna mirada.
Y sin alas me salgo del margen,
corto mil renglones de una sola mordida.
Y le arranco las alas al que no las necesita.
Y las pinto de imán.
Y de ceniza.
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