miércoles, 17 de marzo de 2010

Mientras te endurecías.

Mientras te endurecías te golpeaba el agua.

Te daban foma de ola las olas.

Mientras te hacías de acero.

Una muerte electromagnética,

oxidada,

se enterraba centímetro a centímetro

en el estómago de tus plateadas uñas.

Gritos.

Y tus gritos desfiguraban

la garganta de arena del sediento holograma.

La sangre de tus gotas coloreaba las nubes

de aquél sinfónico cielo.

Gritos.

Y un poema.

Y un anhelo.

Y un latido.

Todos tomándose el universo a la ligera.

Haciendo pulseras de versos,

Deseando nuevos deseos.

Palpitando viejos anhelos.

Gritos.

Sangre.

Y sangras.

Y sangre es tu almuerzo.

Y tu propia carne cae al fuego.

Sangras.

Y empiezas a morir, sediento.

Temes al agua de tu propia sangre.

Pero cenas coágulos de agua.

Y sangras cántaros de lluvia salada.

Y tu sombra al fin es de hierro.

Pero hoy tu figura es de sombra.

Y sangras.

Insertas sangre.

Y albergas anhelos.

Lates latidos oscuros.

Cae tu corazón.

Laten tus huesos, empalidecen.

Se derrumban tus manos.

Aborrecen tus uñas.

Endurecen.

Y endureces como hierro.

Como mil techos de mil nueces.

Endureces:

Hierro y sangre.

Aire y uñas:

Veneno claro.

Forma inmóvil:

Río, lago, sangre, arteria.

Forma sensible,

sentido amórfico.

Moribunda sangre.

Vestido putrefacto,

cortina ennegrecida.

Mientras te endurecías.

Vestías un vestido de acero.

Óxido, rojo óxido.

Y sangrabas.

Y a la vez endurecías.

Mientras te endurecías.

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