Mientras te endurecías te golpeaba el agua.
Te daban foma de ola las olas.
Mientras te hacías de acero.
Una muerte electromagnética,
oxidada,
se enterraba centímetro a centímetro
en el estómago de tus plateadas uñas.
Gritos.
Y tus gritos desfiguraban
la garganta de arena del sediento holograma.
La sangre de tus gotas coloreaba las nubes
de aquél sinfónico cielo.
Gritos.
Y un poema.
Y un anhelo.
Y un latido.
Todos tomándose el universo a la ligera.
Haciendo pulseras de versos,
Deseando nuevos deseos.
Palpitando viejos anhelos.
Gritos.
Sangre.
Y sangras.
Y sangre es tu almuerzo.
Y tu propia carne cae al fuego.
Sangras.
Y empiezas a morir, sediento.
Temes al agua de tu propia sangre.
Pero cenas coágulos de agua.
Y sangras cántaros de lluvia salada.
Y tu sombra al fin es de hierro.
Pero hoy tu figura es de sombra.
Y sangras.
Insertas sangre.
Y albergas anhelos.
Lates latidos oscuros.
Cae tu corazón.
Laten tus huesos, empalidecen.
Se derrumban tus manos.
Aborrecen tus uñas.
Endurecen.
Y endureces como hierro.
Como mil techos de mil nueces.
Endureces:
Hierro y sangre.
Aire y uñas:
Veneno claro.
Forma inmóvil:
Río, lago, sangre, arteria.
Forma sensible,
sentido amórfico.
Moribunda sangre.
Vestido putrefacto,
cortina ennegrecida.
Mientras te endurecías.
Vestías un vestido de acero.
Óxido, rojo óxido.
Y sangrabas.
Y a la vez endurecías.
Mientras te endurecías.
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