Rosas grises y notas muertas
Hechan raíces en mi guitarra,
aún mis manos, hoy frías, las abrazan
Dándoles sitio junto a mis penas.
Hay de aquél ingenuo ángel que ayer se desplomó herido,
Hundiéndose en la más sincera soledad.
Aún no ha de tener paz, encerrado; protegido.
Sincero, sublime, blanco y puro.
Exiliado de sus sueños.
Perversos, oscuros; ocultos entre los muros
que él mismo levantó a fuerza de besos,
a fuerza de llanto, de caricias y anhelos.
Rosas grises adornan su arpa muda
callada y pura, como su alma.
Como el eterno grito que su boca oculta,
como el eterno beso que en silencio aguada.
Oculto tras blancos muros, rompe en un llanto sincero.
Quiere creer en algo incierto, quiere abrazar el agua.
Pero la muerte lo aguarda, al lado de todo intento.
Hay del ángel sincero que de a poco se hace diablo,
que sangra y que llora a diario, hundido en su soledad.
Aún no ha de tener paz, pues tal vez no sea su anhelo,
o el amor será el veneno ante el cuál caerá rendido
y en su último suspiro, deseará sangrar de nuevo.
De horror y lágrimas, el cuadro
de las horas perdidas sin amar.
Salta ciego hacia el espanto
sin dudarlo; sin mirar.
De noche y viento sus ojos.
De sangre su soledad.
Marcha sobre vidrios rotos,
corre sin ver la verdad.
Corre por el destino, sin ver.
Grita sin gritar.
Rosas grises y notas muertas su final han de adornar.
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